Cinturas de avispa, desmayos y visitas al cirujano: el siglo XIX tiene fama de haber llevado la belleza hasta el quirófano. Los archivos cuentan otra historia
Es una de esas historias que se cuentan con un escalofrío: en el siglo XIX, las damas de buena familia estaban tan obsesionadas con tener una cintura diminuta que pasaban por el quirófano para que les extirparan las costillas inferiores. Así, el corsé podía apretar un poco más. Lo has leído en redes, lo has escuchado en documentales y aparece cada vez que alguien quiere explicar lo lejos que puede llegar la tiranía de la belleza.
La pregunta es sencilla: ¿de verdad las mujeres victorianas se quitaban costillas para el corsé? Cuando historiadores de la moda y arqueólogos han buscado pruebas, se han encontrado con un vacío casi absoluto. Lo que sí han encontrado es más interesante: una operación imposible para la medicina de la época, unas cinturas bastante más normales de lo que imaginamos y un rumor con nombre, fecha y hasta posible campaña publicitaria detrás.
Lo que dice la creencia popular
La versión más difundida pinta un siglo XIX casi de película de terror. Mujeres que apenas podían respirar, cinturas de 40 centímetros, desmayos constantes y órganos aplastados bajo varillas de acero. Y, en el extremo más dramático, señoritas que acudían al cirujano para extirparse las costillas flotantes, las dos últimas, que no se unen al esternón.
En esa historia, la mujer victoriana es siempre una víctima pasiva: la moda manda, el corsé aprieta y ella obedece hasta mutilarse. Es un relato potente porque encaja con algo que intuimos sobre el pasado: que era más cruel, más rígido y más absurdo que el presente.
Esa imagen sobrevive hoy en vídeos virales, artículos de curiosidades y comentarios en redes. Cada vez que una famosa luce una cintura imposible, alguien recuerda que «las victorianas ya se quitaban costillas para el corsé». El problema es que nadie suele citar una sola fuente de la época.
Lo que dicen los hechos
La principal especialista en la historia de esta prenda, la historiadora Valerie Steele, directora del Museo del Fashion Institute of Technology de Nueva York, revisó la cuestión para su libro The Corset: A Cultural History (2001). Su conclusión fue tajante: no encontró ninguna prueba de que esas operaciones se realizaran. Para Steele, la idea es pura leyenda nacida de malentendidos modernos sobre el corsé.
La literatura médica tampoco ayuda a sostener el mito. En el año 2000, el cirujano plástico John E. Sherman, del Weill Cornell Medical College, explicaba que la intervención era posible en teoría, pero que no había constancia de ella en los registros médicos. Nadie ha encontrado un informe quirúrgico, una carta de un médico ni un diario personal que la describa. La afirmación de que las victorianas se quitaban costillas para el corsé no se apoya en un solo documento de la época.
Una operación imposible en el siglo XIX
Para entender por qué el mito no se sostiene, basta con mirar cómo era la cirugía de la época. La anestesia con éter no se demostró con éxito hasta 1846, y la antisepsia de Joseph Lister no empezó a aplicarse hasta 1867. Antes de eso, y durante bastante tiempo después, cualquier operación grave tenía un riesgo altísimo de infección mortal.
Abrir el tórax para retirar costillas sanas, sin necesidad médica alguna, habría sido jugarse la vida por una talla de corsé. Steele y la investigadora Lynne Kutsche coinciden en que ese peligro hace la historia extremadamente improbable. Ningún médico serio se habría arriesgado, y ninguna dama respetable habría podido ocultar una convalecencia así.
¿Cuánto medían de verdad las cinturas victorianas?
Los corsés que se conservan en los museos ofrecen la mejor pista. Steele analizó los 197 corsés de la colección Symington, en Leicestershire (Reino Unido): uno medía 18 pulgadas, once medían 19 y la mayoría oscilaba entre 20 y 26, es decir, entre unos 51 y 66 centímetros.
Además, estas prendas no se cerraban por completo. Se llevaban con una abertura de varios centímetros en la espalda, de modo que la cintura real de quien lo vestía era algo mayor que la medida del corsé. Según Steele, lo normal era reducir la cintura una o dos pulgadas, y rara vez más de cuatro.
Eso no significa que no existieran excesos. La práctica de apretar al máximo, conocida como tightlacing, existió y fue criticada en su tiempo. Ya en 1848, la revista británica The Family Herald advertía de que miles de mujeres se ceñían por debajo de lo recomendable. Pero las famosas cinturas de 33 centímetros salen sobre todo de cartas publicadas entre 1867 y 1874 en The Englishwoman’s Domestic Magazine, que Steele considera en buena parte fantasías eróticas disfrazadas de testimonios.
Entonces, ¿el corsé no hacía ningún daño?
Aquí está el matiz importante. Que nadie se quitara costillas no significa que el corsé fuera inofensivo. La antropóloga Rebecca Gibson estudió 73 esqueletos femeninos del cementerio londinense de St Bride’s, fechados entre 1700 y 1900, y encontró costillas curvadas hacia dentro y vértebras desplazadas en mujeres que habían usado corsé durante años. Gibson compara el efecto con el de un aparato de ortodoncia: una presión suave y constante que va moldeando el cuerpo.
Su sorpresa fue otra: en su muestra, esas mujeres no vivían menos que las demás. Sus conclusiones, recogidas en el libro The Corseted Skeleton (2020), apuntan a una prenda que transformaba el cuerpo, pero no la trampa mortal que pintaron muchos médicos del siglo XIX. Steele, por su parte, admite molestias reales, como problemas digestivos o debilidad en la musculatura de la espalda.
La ironía del siglo XXI
La operación que las victorianas nunca se hicieron existe hoy. Con la anestesia y la cirugía modernas, algunos cirujanos plásticos han llegado a extirpar costillas flotantes con fines estéticos, una intervención excepcional y muy discutida por la comunidad médica por sus riesgos. Es decir, el mito no describe el pasado: describe mejor nuestro presente. Lo que en 1880 habría sido impensable se ha vuelto posible, aunque siga siendo una rareza.
Por qué se perpetuó el mito
El rumor tiene una pista concreta. En 1931, la corsetera Rosa Binner aseguró que la actriz francesa Polaire, famosa por una cintura de unos 40 centímetros, se había quitado la costilla inferior en la década de 1890. Polaire explotaba su silueta como reclamo de espectáculo, así que la historia encajaba a la perfección, pero nunca se aportó prueba alguna.
Hay otra hipótesis sugerente. Barbara Mikkelson, del portal de verificación Snopes, planteó en 2006 que el empresario teatral Florenz Ziegfeld pudo lanzar un rumor similar sobre su estrella, Anna Held, para darle publicidad. No está demostrado, pero sí muestra cómo el bulo funcionaba como reclamo comercial.
A partir de ahí, el relato cambió de manos. En 1970, Germaine Greer lo citó en La mujer eunuco como ejemplo de cómo se deformaba el cuerpo femenino para agradar, lo que le dio un aire de dato comprobado. Las caricaturas satíricas del XIX, que exageraban las cinturas hasta lo grotesco, y los rumores sobre famosas del siglo XX hicieron el resto. Hoy, que las victorianas se quitaban costillas para el corsé se repite como si fuera un dato de manual.
Como ocurre con otros mitos de belleza que la historia ha exagerado, la versión extrema resultó más fácil de recordar que la real. Una costilla extirpada se cuenta en una frase; una presión gradual sobre el cuerpo durante años, no.
Conclusión
El mito de las costillas dice más de nosotros que de las victorianas. Nos resulta cómodo imaginar el pasado como una época de excesos absurdos, porque así el presente parece más sensato. Sin embargo, la evidencia dibuja algo más cotidiano: mujeres que llevaban una prenda incómoda, sí, pero normal en su mundo, y que la elegían por razones de estatus, respetabilidad y gusto personal, como defienden tanto Steele como Gibson.
Convertirlas en víctimas que se mutilaban por obediencia les quita algo que sí tenían: capacidad de decidir. El corsé moldeó cuerpos durante siglos y dejó huella en sus huesos. Pero la idea de que las mujeres se quitaban costillas para el corsé pertenece a la leyenda, no al quirófano.